Por: Inocencio Reyes Ruiz
En su viaje al reino de los liliputienses, Gulliver llega a la Isla Volante. A su llegada, el rey mandó acercar la isla a tierra firme, a Lagado, que era la capital del reino. El rey le enseñó el lenguaje en frases cortas sobre la base de demostraciones matemáticas. Todas sus ideas estaban concebidas en líneas y figuras y hasta su galantería no era otra cosa que pura geometría. En aquel lugar no se hablaba de otra cosa que no fuese de música y matemáticas. Gulliver se encaminó a la ciudad. Le contaron sobre los distintos modos que utilizaban los labradores para sembrar sus tierras. Gulliver se extrañó al contemplar la hermosa campiña en la que lucían su belleza viñedos, mieses y prados. Luego visitó la Academia, donde se formaban los ingenieros. El director de la Academia estaba trabajando en el proyecto de recoger los rayos de sol para guardarlos en botellas herméticamente tapadas, a fin de calentar el aire cuando los veranos fuesen fríos. Visitó a un ingeniero que había inventado un método para construir los edificios empezando por los tejados y terminando por los cimientos.
Mucho más cerca en el tiempo y en el espacio, en una pequeña comunidad, todas las casas son iguales: del mismo tamaño y de una sola planta. La casa de Abelardo y Eloísa estaba ligeramente encima de las otras, en el final de la pendiente de la colina. De repente, se vio en la necesidad de ampliar su casa, pues habían llegado a vivir hijos e hijas con sus familias, parientes y amigos. Entre todos, construyeron dos plantas más, y la casa acabó siendo de tres pisos, distinguiéndose del caserío. Todos estuvieron de acuerdo en que el techo de la tercera planta no fuera tejado, sino de color azul del cielo. Decidieron no techarlo. Ahí, a las puertas del cielo, se reunían a cantar y bailar jubilosos de vivir en una casa desde donde se contemplaba el cielo estrellado en las calurosas noches de la Huasteca. No se sabe qué método utilizaron para que la lluvia se desviara unos metros antes de caer. Las gotas del rocío, el polvo, el sol y el viento germinaron pronto. Florecieron el lirio, el melámpiro, la margarita, el arándano, la dormilona, la bardana y el grano de oro. En otra esquina orlaba la sanguinaria, la pata de asno, la pasiflora, el tomillo y el hinojo. En la esquina opuesta, lucían su aromático encanto el tanaceto, el pensamiento, la flor de sangre, el berro y el diente de león. En la cuarta esquina se alzaron la belladona, la malva, la cabezuela, la amapola y la violeta. Finalmente, en la quinta esquina, se esponjaron la lavanda, el cardo, la berza y un hermoso arbusto de kalinka (baya roja amarga, una especie de frambuesa) cuyas duras espigas desperdigaban los rayos del sol con precisión matemática. En la sala se reunía la familia a rendir culto a san Hilario, el santo patrono de la risa.
El jefecillo del pueblo protestó. Denunció a la familia de Abelardo y Eloísa de corrupción. “No puede haber –dijo– una familia feliz y un pueblo triste”. El peor agravio era que esa familia tuviera un techo de cielo, en lugar de un tejado como los demás. La orden del jefecillo fue contundente: techar el tercer piso.
En las callejuelas germinaron las semillas de la cizaña, la cola de zorra y el estramonio.
Basado en Atlas descrito por el cielo, de Goran Petrović. Sextopiso, 2008