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TECNIFICACIÓN DEL RIEGO: UNA PROPUESTA PARA EL CAMPO QUERETANO

  • Filiberto Luna Zúñiga
  • octubre 6, 2026
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Síntesis

Mejorar el uso agrícola del agua en Querétaro exige conocer cómo funcionan los sistemas de riego y atender sus limitaciones. La propuesta integra diagnóstico, selección de tecnologías, capacitación y organización de los usuarios para orientar las inversiones según las condiciones del campo. Su aplicación se debe acompañar de mantenimiento y evaluación, de modo que los beneficios en aprovechamiento del agua, productividad y costos se puedan comprobar y sostener.

Antecedente

La tecnificación del campo suele asociarse con tuberías, sistemas de goteo, sensores y equipos automatizados. Todos ellos pueden contribuir a mejorar el riego, pero su instalación no garantiza, por sí sola, un aprovechamiento más eficiente del agua. El resultado depende también del conocimiento del suelo, de las necesidades del cultivo, de la oportunidad con que se entrega el agua y de la capacidad de los productores para operar y mantener el sistema.

Pensemos en una parcela donde unas zonas se encharcan mientras otras reciben poca agua. El productor puede prolongar el riego para alcanzar los puntos más secos, aunque con ello aumente la aplicación en las partes ya húmedas. Antes de recomendar un equipo nuevo, es necesario entender el origen del problema: ¿la distribución es irregular por la topografía?, ¿los caudales son inadecuados?, ¿los tiempos de aplicación corresponden al suelo y al cultivo? La solución comienza con esas preguntas.

Este enfoque resulta pertinente para Querétaro, donde la agricultura comparte las fuentes de abastecimiento con ciudades y otras actividades productivas. La propuesta que aquí denominamos Modelo Querétaro plantea una modernización integral del riego: conocer las condiciones de cada sistema, ordenar las inversiones, seleccionar soluciones apropiadas y comprobar sus resultados. Su propósito es orientar decisiones para aprovechar mejor el agua disponible y sostener la productividad del campo.

1.      Conocer el sistema antes de invertir

El punto de partida debe ser un diagnóstico en condiciones reales de operación. No basta con saber cuántas hectáreas se riegan o qué equipos están instalados. Es necesario conocer de dónde procede el agua, cuánto llega a los usuarios, cómo se distribuye, qué problemas presenta la infraestructura y cuánto cuesta conducirla o bombearla. A esta revisión se suman el suelo, la topografía, los cultivos y la organización de quienes utilizan el sistema (Renault et al., 2007).

Conviene distinguir entre el volumen autorizado, el agua físicamente disponible y la capacidad para entregarla. Una concesión puede amparar determinado volumen, pero eso no significa que la fuente pueda suministrarlo durante todo el ciclo agrícola. Asimismo, disponer de agua en una presa o en un pozo no asegura que canales, bombas y tuberías puedan llevarla a la parcela en el momento necesario. El proyecto debe responder a estas tres condiciones, sin confundirlas.

El diagnóstico también necesita escuchar a los productores y al personal operativo. Quien abre las compuertas, atiende una bomba o espera su turno de riego conoce dificultades que no siempre aparecen en los planos. Las mediciones y la experiencia de campo deben complementarse para construir una referencia inicial: cuánta agua se utiliza, cuánto se produce, qué energía se consume y cuáles son los principales costos y restricciones.

Con esa información es posible decidir por dónde comenzar. La modernización no exige intervenir todo al mismo tiempo. Puede haber acciones inmediatas, como reparar fugas, ajustar compuertas, medir caudales u ordenar turnos, y otras que requieren estudios, proyectos ejecutivos y mayor inversión. La prioridad debe responder a la magnitud del problema, al beneficio esperado y a la capacidad de conservar la mejora una vez terminada la obra.

Imaginemos dos alternativas para una misma zona agrícola: rehabilitar un tramo de conducción que abastece a numerosos usuarios o instalar equipos avanzados en unas cuantas parcelas. Ninguna opción debe elegirse de antemano. Es necesario comparar sus costos, los volúmenes involucrados, los beneficios productivos y las exigencias de operación. La mejor inversión será la que atienda una necesidad comprobada y pueda mantenerse funcionando, con resultados verificables.

2.      Elegir y operar la tecnología adecuada

En la parcela, la selección del método de riego merece el mismo cuidado. El riego por gravedad mejorado, la aspersión, la microaspersión y el goteo ofrecen alternativas que deben evaluarse según el cultivo, el suelo, la topografía, la calidad del agua y la energía disponible. También importan el costo de mantenimiento, la disponibilidad de repuestos y la capacidad del productor para manejar el equipo. La tecnología debe adaptarse al lugar y a sus usuarios.

La nivelación de tierras puede ser una intervención importante cuando las irregularidades del terreno perjudican la distribución del agua, especialmente en el riego superficial. Sin embargo, debe justificarse para cada proyecto, según el método de riego y las condiciones de la parcela. El criterio es resolver una limitación concreta, mediante una intervención cuyo beneficio compense su costo y sus efectos sobre el terreno.

La elección del equipo debe acompañarse de un diseño agronómico e hidráulico. El primero establece cuánta agua necesita el cultivo, con qué frecuencia debe recibirla y cómo cambian sus requerimientos durante el ciclo. El segundo determina los caudales, las presiones y las dimensiones de bombas, tuberías y demás componentes. Ambos diseños deben corresponderse: la infraestructura se construye para atender las necesidades de la producción dentro de la disponibilidad real de agua.

Una instalación puede parecer moderna y, aun así, funcionar mal. Si la presión no es la prevista, si los filtros reciben un mantenimiento insuficiente o si los tiempos de riego se fijan sin revisar las necesidades del cultivo, el desempeño se apartará del esperado. Por eso, el proyecto debe incluir instrucciones de operación, un programa de mantenimiento y capacitación práctica. La entrega de equipos es apenas una parte del proceso.

Las herramientas de monitoreo pueden ayudar a responder tres preguntas sencillas: cuándo regar, cuánto aplicar y durante cuánto tiempo. Sensores de humedad, información meteorológica e imágenes de la vegetación pueden aportar elementos para decidir. Su utilidad depende de que los datos se interpreten y se conviertan en recomendaciones comprensibles para quienes operan el sistema. Una lectura registrada en una pantalla necesita traducirse en una acción de campo.

Por ejemplo, un productor puede acostumbrarse a regar siempre el mismo día de la semana. El seguimiento de la humedad del suelo y de las condiciones meteorológicas permitiría revisar ese calendario y ajustarlo cuando corresponda. Para que esto funcione, alguien debe comprobar la calidad de los datos, interpretar las lecturas y comunicar la decisión. La automatización adquiere sentido cuando apoya una operación técnicamente fundamentada.

3.      Financiar y organizar la modernización

El aspecto económico también debe evaluarse desde el inicio. El presupuesto necesita considerar la inversión y los gastos que vendrán después: energía, mantenimiento, limpieza, reposición de componentes y asistencia técnica. Un sistema que el productor no puede sostener termina perdiendo sus ventajas. De ahí que la comparación de alternativas deba incorporar su vida útil, los costos de funcionamiento y los beneficios esperados en agua, producción e ingresos.

El financiamiento debe acompañarse de compromisos claros. Si participan instituciones públicas y usuarios, conviene definir quién aporta los recursos, quién recibe la infraestructura y quién se hace responsable de operarla y conservarla. Estos acuerdos ayudan a evitar que una obra concluida se deteriore por falta de atención o que los equipos permanezcan sin uso porque nadie previó los gastos necesarios para mantenerlos.

Cuando una fuente o una red abastece a varios productores, la organización adquiere tanta importancia como el diseño técnico. Los turnos, la medición de entregas, las cuotas de mantenimiento y la atención de conflictos requieren reglas conocidas y responsabilidades precisas. La coordinación entre usuarios, autoridades y especialistas debe resolver asuntos concretos y dar continuidad al proyecto. Cada participante necesita saber qué le corresponde hacer y cómo se revisará su cumplimiento.

Las universidades y los centros de investigación pueden contribuir al diagnóstico, la capacitación y la evaluación. Su participación será más útil si se vincula con las necesidades de los productores y con los problemas cotidianos de operación. El acompañamiento técnico debe ayudar a interpretar lo que ocurre en campo, corregir fallas y fortalecer las capacidades locales para sostener las mejoras.

4.      Medir resultados y comenzar en campo

La evaluación permitirá comprobar si la modernización produjo los beneficios esperados. Para ello, los resultados de cada ciclo agrícola deben compararse con el diagnóstico inicial: volúmenes utilizados, producción obtenida, consumo energético, costos y funcionamiento del sistema. Contar hectáreas equipadas u obras terminadas informa sobre la ejecución; conocer su desempeño permite valorar el efecto de la inversión y decidir qué necesita corregirse.

Los indicadores deben corresponder a las metas del proyecto. Puede interesar mejorar la entrega del agua, reducir los costos de bombeo o aumentar la producción por metro cúbico utilizado. Expresar estos objetivos desde el principio permite seleccionar las mediciones necesarias y evaluar los resultados con criterios conocidos por los participantes. Así, el seguimiento se convierte en una herramienta para decidir.

También debe definirse qué significa el ahorro de agua y cuál será su destino. Si la propuesta busca reducir la extracción, esa reducción tendrá que medirse y sostenerse mediante acuerdos de operación. Si busca mejorar la productividad con el volumen disponible, deberá comprobarse el resultado productivo. Explicitar la meta evita que una mejora técnica se presente como cumplimiento de un objetivo distinto (Grafton et al., 2018).

Una forma razonable de comenzar sería desarrollar proyectos piloto en sistemas representativos de Querétaro. Con diagnóstico, participación de los usuarios y seguimiento durante los ciclos agrícolas, estos proyectos permitirían probar las soluciones, conocer sus costos y corregir dificultades antes de ampliar su aplicación. La propuesta ganaría así sustento en experiencias documentadas y resultados que otros productores pudieran examinar.

Cada ciclo agrícola ofrecería la oportunidad de revisar lo que funcionó y lo que necesita ajustes. Una falla de operación, un gasto imprevisto o una dificultad de mantenimiento deben incorporarse al aprendizaje del proyecto. Documentar estas experiencias ayuda a mejorar las siguientes intervenciones y a orientar los recursos hacia soluciones que respondan a las condiciones reales del campo.

La modernización del riego es un trabajo continuo de aprendizaje y ajuste. Requiere infraestructura adecuada, conocimiento técnico y productores capaces de tomar decisiones informadas. El Modelo Querétaro propone ordenar esos elementos alrededor de una finalidad compartida: aprovechar mejor el agua que sostiene al campo. Su valor deberá demostrarse en parcelas y sistemas que funcionen mejor, con beneficios que puedan medirse y mantenerse a lo largo del tiempo.

5.      Referencias bibliográficas

Grafton, R. Q., Williams, J., Perry, C. J., Molle, F., Ringler, C., Steduto, P., Udall, B., Wheeler, S. A., Wang, Y., Garrick, D., & Allen, R. G. (2018). The paradox of irrigation efficiency. Science, 361(6404), 748–750. https://doi.org/10.1126/science.aat9314⁠.

Renault, D., Facon, T., & Wahaj, R. (2007). Modernizing irrigation management: The MASSCOTE approach—Mapping system and services for canal operation techniques (FAO Irrigation and Drainage Paper No. 63). Food and Agriculture Organization of the United Nations. https://www.fao.org/4/a1114e/a1114e.pdf⁠.

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