Síntesis
Querétaro enfrenta una creciente presión sobre sus recursos hídricos, mientras una parte importante de sus aguas superficiales escurre hacia otras entidades dentro de la cuenca Lerma–Chapala. El problema no radica solamente en los volúmenes que corresponden al Estado conforme a los acuerdos de distribución, sino también en nuestra capacidad real para regularlos y almacenarlos. Las diferencias existentes entre las estimaciones de escurrimiento, la pérdida de capacidad de los embalses por azolvamiento y la ausencia de información actualizada hacen indispensable revisar el potencial de las aguas superficiales queretanas. Conocer cuánto escurre, cuánto podemos almacenar y cuánto hemos perdido constituye el punto de partida para una gestión más eficiente y equitativa del recurso.
1. Querétaro y sus aguas superficiales
Uno de los problemas más importantes que enfrenta el Estado de Querétaro es disponer del agua necesaria para atender a una población creciente, sostener el desarrollo industrial y de servicios y mantener la actividad agropecuaria. La discusión sobre la disponibilidad hídrica se ha concentrado, con razón, en la situación de los acuíferos; sin embargo, existe otro componente que merece una atención semejante: las aguas superficiales que se generan y escurren por nuestro territorio.
Querétaro tiene una condición geográfica singular. El Estado se encuentra prácticamente sobre el parteaguas continental y participa en dos grandes regiones hidrológicas: la RH-12 Lerma–Chapala y la RH-26 Pánuco. Una parte de sus aguas fluye hacia el sistema Lerma–Chapala y otra hacia el Golfo de México, a través de los ríos San Juan, Extóraz, Moctezuma y Santa María.
En la vertiente Lerma–Chapala, la problemática adquiere características especiales porque los escurrimientos forman parte de un sistema compartido por varias entidades. Por ello, el agua que se genera en territorio queretano no puede analizarse exclusivamente como un recurso local: su distribución está sujeta a acuerdos entre los estados integrantes de la cuenca y a las reglas establecidas por la autoridad federal.
En agosto de 1991 se suscribió un Acuerdo de Coordinación entre el Gobierno Federal y los estados de México, Querétaro, Michoacán, Guanajuato y Jalisco para regular la disponibilidad, distribución y usos de las aguas superficiales de la cuenca Lerma–Chapala. Entre sus propósitos estaban mejorar la distribución del recurso entre los usuarios y contribuir a la recuperación del lago de Chapala y otros cuerpos de agua.
El principio resulta comprensible: una cuenca compartida requiere reglas que permitan distribuir un recurso variable y limitado, preservando además los ecosistemas que dependen de él. Sin embargo, después de varias décadas, resulta pertinente preguntarnos si la información utilizada para representar las condiciones de Querétaro continúa reflejando la realidad hidrológica y la capacidad física de su infraestructura.
2. ¿Cuánta agua tenemos realmente?
Una de las primeras dificultades aparece al intentar responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuánto escurre realmente por la cuenca del río Querétaro? Las estimaciones disponibles han mostrado diferencias considerables. En distintos momentos, el Consejo de Cuenca ha estimado un escurrimiento medio del orden de 146 millones de metros cúbicos anuales; Infraestructura Hidráulica de Querétaro, A.C., alrededor de 156 millones; la Comisión Estatal de Aguas, 117 millones; y la representación de la Comisión Nacional del Agua en Querétaro, aproximadamente 97 millones de metros cúbicos.
No se trata de diferencias menores. Entre las estimaciones extremas existe una separación cercana a 60 millones de metros cúbicos, volumen suficientemente grande para modificar cualquier diagnóstico sobre disponibilidad, regulación y aprovechamiento del recurso. Para efectos del acuerdo de distribución, la Comisión Nacional del Agua consideró en su momento un escurrimiento medio de 171.05 millones de metros cúbicos, del cual se asignaron a Querétaro aproximadamente 65 millones, equivalentes a cerca del 38 por ciento.
El acuerdo estableció además políticas de operación asociadas al volumen almacenado en el lago de Chapala: una condición crítica cuando el almacenamiento al primer día de cada noviembre fuera inferior a 3,300 millones de metros cúbicos; una política media entre 3,300 y 6,000 millones; y una condición abundante por encima de este último valor.
Más allá de discutir aquí la pertinencia histórica de esos porcentajes y criterios, las diferencias entre las distintas estimaciones muestran algo fundamental: Querétaro necesita conocer con mucha mayor precisión sus propios recursos superficiales.
No podemos sustentar decisiones estratégicas únicamente en cifras obtenidas hace décadas o mediante metodologías diferentes. Los registros hidrométricos, los modelos digitales del terreno, la información satelital y las actuales herramientas de análisis permiten hoy actualizar el conocimiento de la cuenca con una precisión que anteriormente no estaba disponible.
La discusión sobre qué proporción de los escurrimientos corresponde a Querétaro debe comenzar, necesariamente, por saber cuánto escurre realmente. Pero existe una segunda pregunta igualmente importante: ¿cuánto de ese volumen somos capaces de almacenar?
3. Del agua que escurre a la que podemos aprovechar
El agua superficial tiene una característica que determina su aprovechamiento: no se presenta uniformemente durante el año. Una proporción considerable de los escurrimientos se puede generar durante unas cuantas tormentas de la temporada de lluvias, mientras que durante largos periodos los caudales disminuyen notablemente.
Por ello, la existencia física del recurso no significa que éste se encuentre automáticamente disponible para su utilización. Entre el agua que escurre y el agua que efectivamente se puede aprovechar se encuentra la capacidad de regulación y almacenamiento. Éste puede ser uno de los principales problemas de Querétaro.
Históricamente se ha considerado una capacidad de almacenamiento superficial del orden de 120 millones de metros cúbicos. Sin embargo, esa capacidad corresponde esencialmente a condiciones existentes hace varias décadas. Desde entonces, presas y bordos han recibido continuamente los sedimentos provenientes de la erosión de sus cuencas aportadoras. El resultado inevitable es el azolvamiento y, con ello, la pérdida progresiva de volumen útil.
Estimaciones realizadas años atrás por Infraestructura Hidráulica de Querétaro, A.C., señalaban ya pérdidas del orden de 37 millones de metros cúbicos por este concepto. El problema es que actualmente no contamos con un inventario topo-batimétrico integral y actualizado que permita establecer con certeza cuánto volumen útil conservan nuestros principales embalses. Esta carencia tiene una consecuencia que trasciende la ingeniería.
Si administrativamente se considera que Querétaro dispone de una determinada capacidad de regulación, pero una parte de ella físicamente ha dejado de existir por la acumulación de sedimentos, estamos tomando decisiones sobre una infraestructura que existe en los documentos, pero no necesariamente en el campo. Por ello resulta indispensable actualizar la capacidad de los principales vasos mediante levantamientos topo-batimétricos, apoyados actualmente por tecnologías como la cartografía LIDAR, modelos digitales de elevación y sistemas modernos de posicionamiento y procesamiento de información.
No se trata únicamente de obtener una cifra nueva. Estos estudios permitirían conocer el volumen perdido, identificar la distribución de los sedimentos, estimar tasas de azolvamiento y determinar la vida útil remanente de cada embalse.
La información tendría además un segundo propósito: actuar sobre las causas del problema. El sedimento acumulado en una presa tuvo su origen en algún punto de la cuenca. Su presencia refleja procesos de erosión, pérdida de suelo y deterioro de las superficies aportadoras. Conocer dónde y con qué rapidez se produce esa pérdida permitiría justificar programas de conservación de suelos, restauración de microcuencas, revegetación y pequeñas obras de retención.
Conservar la capacidad existente puede resultar considerablemente más económico que tratar de sustituirla en el futuro mediante nueva infraestructura.
4. Una oportunidad para Querétaro
El aprovechamiento de las aguas superficiales debe contemplarse como parte de una estrategia hídrica integral. No se propone retener indiscriminadamente los escurrimientos ni desconocer los compromisos de Querétaro dentro de la cuenca Lerma–Chapala. Se trata de algo diferente: conocer con precisión qué recurso tenemos, qué parte nos corresponde y qué capacidad física poseemos para aprovecharlo. De ahí que sea conveniente emprender tres acciones estrechamente relacionadas.
a) La primera consiste en actualizar el balance de los escurrimientos superficiales de la cuenca del río Querétaro, conciliando las diferencias existentes entre las estimaciones históricas y utilizando la información hidrológica disponible actualmente.
b) La segunda es determinar la capacidad real de almacenamiento mediante levantamientos topo-batimétricos de los principales embalses. Esto permitiría sustituir capacidades nominales o históricas por volúmenes físicamente verificables y conocer la magnitud real de las pérdidas por azolvamiento.
c) La tercera consiste en utilizar esa información para diseñar una política de conservación de la infraestructura y de las cuencas aportadoras. No basta saber cuánto hemos perdido: debemos evitar continuar perdiéndolo.
Las acciones mencionadas fortalecerían además la posición de Querétaro ante los organismos responsables de la gestión de la cuenca Lerma–Chapala. Una negociación sobre el agua debe sustentarse en mediciones, balances y estudios técnicamente defendibles, no solamente en antecedentes administrativos.
Durante muchos años se ha discutido si a Querétaro le corresponde una mayor proporción de los escurrimientos superficiales. Esa discusión seguirá siendo relevante, pero existe una cuestión previa que depende enteramente de nosotros: saber cuánto podemos almacenar realmente y conservar esa capacidad.
La seguridad hídrica del Estado no se resolverá con una sola fuente ni con una sola obra. Requerirá combinar aguas subterráneas y superficiales, reúso, captación pluvial, eficiencia en las redes, conservación de cuencas e infraestructura adecuada. Dentro de ese conjunto, las aguas superficiales representan un patrimonio que no debemos subestimar.
5. En resumen
Querétaro no puede seguir administrando sus aguas superficiales con cifras que, en algunos casos, fueron determinadas hace varias décadas. Conocer cuánto escurre realmente por nuestro territorio, qué volumen corresponde al Estado dentro de los acuerdos de la cuenca Lerma–Chapala y, sobre todo, cuánto podemos almacenar constituye hoy una condición indispensable para cualquier política hídrica seria.
La pérdida progresiva de capacidad de nuestros embalses por azolvamiento no sólo representa la disminución física de un patrimonio hidráulico: puede significar también una desventaja para Querétaro cuando las decisiones administrativas continúan sustentándose en capacidades históricas que ya no necesariamente existen en campo.
Actualizar los escurrimientos y realizar levantamientos topo-batimétricos de los principales cuerpos de agua permitiría sustituir estimaciones por mediciones, conocer la magnitud del deterioro acumulado y anticipar la vida útil de la infraestructura. Al mismo tiempo, ofrecería elementos objetivos para orientar acciones de conservación de suelos y cuencas, reducir el aporte de sedimentos y proteger la capacidad de almacenamiento que aún conservamos.
Medir para conocer, conservar para no seguir perdiendo y aprovechar mejor lo que legítimamente corresponde a Querétaro debe ser, por tanto, una parte esencial de la estrategia hídrica del Estado. Antes de buscar nuevas fuentes de agua, conviene conocer con precisión y cuidar aquellas que ya tenemos.
6. Referencias
Comisión Nacional del Agua. (s. f.). Estadísticas del agua en México. Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Gobierno de México.
Gobierno Federal y gobiernos de los estados de México, Querétaro, Michoacán, Guanajuato y Jalisco. (1991). Acuerdo de coordinación para la disponibilidad, distribución y usos de las aguas superficiales de propiedad nacional en la cuenca Lerma–Chapala.